El silencio del Metro: el drama invisible tras los suicidios en las vías

Maquinistas y trabajadores del Metro de Santiago revelan el profundo impacto psicológico de enfrentar tragedias en las vías, mientras expertos alertan sobre la falta de apoyo emocional y la urgencia de abordar el suicidio sin tabúes.
Mateo lleva casi 15 años trabajando como maquinista del Metro de Santiago. Treintañero, sin hijos y viviendo solo, admite que nadie está preparado para ver morir a alguien frente a sus ojos. “Las reacciones en mi cuerpo van desde dolores de espalda, de cabeza, trastornos del sueño, diarrea y náuseas. Es bastante desagradable”, confiesa.
El 8 de septiembre pasado, durante su primera vuelta del recorrido, una joven se lanzó a las vías frente a él. Apretó el freno de emergencia, pidió cortar la electricidad, pero nada pudo evitar el desenlace. Desde entonces, vive con la imagen grabada. “Tú vas a estar en el cumpleaños de tu hijo o de tu señora y te vas a acordar de la situación. No se me va a olvidar nunca”.
Como él, decenas de trabajadores del Metro enfrentan las secuelas mentales y físicas de tragedias que ocurren con inquietante frecuencia. Según una investigación de Bío Bío Chile, solo en lo que va del año se han registrado 25 casos de personas en las vías, casi el doble de lo ocurrido en 2024. Pese a las cifras, el Metro evita entregar datos oficiales, argumentando que busca prevenir el efecto de imitación.
El impacto es profundo. Los trabajadores hablan de estrés postraumático, insomnio y crisis de ansiedad. Aunque la empresa ofrece dos días de reposo y asistencia psicológica a través de la Mutual de Seguridad, la mayoría asegura que el apoyo es insuficiente. “Hay que ser de fierro en este trabajo”, dice Mateo. “Tienes que evacuar pasajeros, sacar a la gente que graba, y al final te quedas solo con lo que viste”.
Los expertos advierten que estas experiencias dejan huellas difíciles de borrar. La psicóloga Francisca Pesse, presidenta del Colegio de Psicólogos de Chile, señala que “las experiencias traumáticas tienen un efecto acumulativo; incluso después de meses o años pueden desencadenar un cuadro de estrés postraumático”.
Según la OMS, en Chile cada año se suicidan cerca de 1.800 personas, y la tasa nacional ha aumentado a 10,3 por cada 100 mil habitantes, una de las más altas de Latinoamérica. Este fenómeno también tiene un patrón estacional: los casos aumentan en septiembre, durante la llamada “primavera gris”.
Mientras en otros países se han implementado medidas de prevención —como barreras automáticas, programas de intervención en crisis y campañas públicas de salud mental—, en Chile el debate sigue siendo limitado. Para Pesse, “la única forma de prevenir el suicidio es hablar de ello, visibilizarlo y abordar sus causas reales”.
En el Metro, el código “Sigma” activa la alarma cuando alguien cae a las vías. Pero más allá del protocolo técnico, quienes lo viven quedan marcados. Valentín, técnico de depanaje con más de dos décadas en la empresa, recuerda un caso en Nochebuena de 2003: “El joven se lanzó y su madre le estaba escribiendo preguntando a qué hora llegaba para cenar. Fue devastador”.
Felipe, conductor desde los años ochenta, lo resume con crudeza: “En esa época no había protocolos. Si estabas bien, seguías trabajando. Solo decían que había que botarlo todo”.
Hoy, cuatro décadas después, los procedimientos han cambiado, pero el dolor sigue intacto. “La gente siempre quiere grabar, tener la exclusiva. Y esa exclusiva es una persona que decidió morir”, lamenta Mateo.
El silencio que rodea estas tragedias no solo oculta las muertes, sino también la carga emocional de quienes las presencian. Hablar del tema —dicen los expertos— ya no es una opción: es una necesidad urgente.
